Un año difícil, Niños y adolecentes afectados por la Pandemia




Los niños y adolescentes constituyen un colectivo de especial vulnerabilidad. Si bien cuando pensamos en riesgos de salud no lo asociamos a ellos,  desde el punto de vista emocional son muy afectados por esta situación. 

No podemos olvidar que son etapas de la vida donde la socialización es fundamental. Los niños aprenden a socializar y los adolescentes tienen más que nunca necesidad de estar con su grupo de pares. 
El verse restringidos y en medio de una situación de peligro hace que se comprometa su normal desarrollo. Es difícil no preocuparlos cuando a su vez le tenemos que decir que tienen que cuidarse por ellos y por los adultos con los que viven. 
La presencia de  COVID-19 en personas emocionalmente significativas para el menor, le causa reacciones de miedo, ansiedad, depresión ante los efectos de la enfermedad y la posible pérdida del ser querido; manifestaciones que están relacionadas con la etapa del desarrollo del menor, al igual que el concepto que éste tenga de la muerte. El niño menor de 6 años no ha desarrollado el pensamiento abstracto por lo que no puede entender la repercusión de la muerte, cree que es reversible y no es capaz de elaborar ese duelo. Los escolares solo tienen el concepto de muerte en su sentido de irreversibilidad relacionado con aspectos básicos de la existencia y la desaparición. En la adolescencia dicho concepto se desarrolla completamente y la muerte puede ser comprendida en toda su magnitud; es por ello que generalmente, tanto el escolar como el adolescente, pueden presentar cuadros depresivos por la muerte de un ser querido. 

Qué síntomas pueden verse en la pandemia?

En la etapa preescolar, el miedo a estar solo, a la oscuridad o las pesadillas, las conductas regresivas, los cambios en el apetito y un aumento de rabietas, quejas o conductas de apego son las reacciones más esperadas. De 6 a 12 años podrían manifestar irritabilidad, pesadillas, problemas de sueño o del apetito, síntomas físicos como dolores de cabeza o dolores de barriga, problemas de conducta o apego excesivo, dificultad para atender, hiperactividad , obsesiones; así como también pérdida de interés por sus compañeros y competencia por la atención de los padres en casa.
De igual manera, en adolescentes de 13 a 18 años pueden ser habituales los síntomas físicos, problemas de sueño o apetito, aislamiento de compañeros y seres queridos, pero también un aumento o disminución de su energía, apatía y desatención a los comportamientos referidos a la promoción de salud. La situación provocada por el COVID-19 puede ser el detonante del surgimiento de problemas de ansiedad y depresión en los menores; por el miedo a contagiarse dejan de asistir a ciertos lugares y las preocupaciones excesivas sobre la salud limitan su funcionamiento.

La relación entre largas cuarentenas y mayor angustia psicológica puede manifestarse como pesadillas, terrores nocturnos, miedo a salir a la calle o a que sus padres vuelvan al trabajo, irritabilidad, hipersensibilidad emocional, apatía, nerviosismo, dificultades para concentrarse e incluso leve retraso en el desarrollo cognitivo. La incertidumbre del retraso académico generado este año puede dar lugar a ataques de ansiedad o crisis de angustia, que de cronificarse, podrían convertirse en trastornos de pánico con agorafobia o sin ella.

Además de estos factores esta pandemia se asocia con otros incrementos de factores psicosociales, tales como: pérdida de hábitos saludables, violencia intrafamiliar y abuso de nuevas tecnologías.
¿Cómo ayudarlos? 
A los niños: Brindar información clara sobre cómo reducir el riesgo de adquirir la enfermedad en palabras que puedan entender según su edad. 
Enseñar las acciones cotidianas para reducir la propagación del virus sin incurrir en infundirles temor. 
Diseñar formas de estudio, trabajo, deporte, convivencia, distracción y diversión en el hogar y a distancia.
Aprender y enseñar temas o habilidades de interés.

Los niños de todas las edades y los adolescentes se benefician de las actividades estructuradas y de la rutina. 
Se debe permitir y tolerar el uso de Internet, la televisión y la radio, pero se debe evitar tener la TV siempre encendida y monitorizar el uso de las redes sociales para la difusión de mensajes y publicaciones imprecisos y dramáticos. Se debería considerar reducir la cantidad de tiempo de pantalla enfocado en la pandemia, para reducir la posible confusión, preocupación y miedo. 

Se debe promover el contacto virtual con familiares, compañeros de clase, amigos y maestros a través de Internet y el teléfono para disminuir los sentimientos angustiosos de aislamiento y frustración. 
Las escuelas tienen un papel fundamental, no solo en la entrega de materiales educativos a los niños, sino en la oportunidad de que los estudiantes interactúen con los maestros y obtengan asesoramiento psicológico.
En estos tiempos de COVID-19, las Tecnologías de la información han constituido medios indispensables e insustituibles de aprendizaje, comunicación, esparcimiento y garantía de los derechos para los infantes y adolescentes, esto reafirma que lo perjudicial no son los dispositivos, sino el uso inadecuado que las personas hacen de ellos.

Conductas que sean visto aumentadas  en Adolescentes:
El consumo de alcohol, cigarrillos, cannabis y psicofármacos por adolescentes ha experimentado un incremento notable; sus causas y dinámica son similares a las relacionadas con las TIC, puesto que han recurrido a los psicotrópicos bien por evitación de emociones negativas, afrontamiento de nuevas dificultades o como una vía de experimentar nuevas sensaciones.
La interrupción de la rutina cotidiana ha favorecido la instauración de hábitos perjudiciales, tales como: sedentarismo, dietas poco saludables, patrones de sueño irregulares o mayor uso de pantallas que pueden derivar en problemas físicos, ganancia exagerada de peso y obesidad.

Como ayudarlos?  

Es importante que apenas tengan la posibilidad de volver a sus actividades cotidianas, lo hagan.  Fomentar el deporte o actividad física.  Promover el recuperar el gusto por las clases, perder el miedo a volver al liceo y ver sus compañeros y profesores.  Conversar sobre sus miedos y ayudarlo a enfrentarlos. 
Introducir nuevamente hábitos saludables de comida, sin irse a extremos. Recobrar el gusto por actividades por fuera de la pantalla. Tener un patrón ordenado de sueño, yendo a dormir a la misma hora todos los días y levantarse temprano, procurando dormir 8 horas. 
Si a pesar de intentar instaurar las rutinas nuevamente, no logran salir de conductas problemáticas que se hayan instalado en la pandemia es necesario consultar a un profesional de salud mental para que lo ayude. 
Nunca debe ser motivo de vergüenza pedir este tipo de ayuda, es algo muy normal en situaciones como esta que no son las cotidianas que estamos acostumbrados a enfrentar. 

Ps Silvia Cardozo
Terapia cognitivo conductual     cel : 099 18 39 50 



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